Ir al contenido principal

Crónica Cultural: "Cartas de amor a Stalin"



Centro Cultural de la Cooperación. 
La boletería se encontraba vacía, la entrada eran para la primera fila, me dirigí a la sala y mientras esperaba que comience la función observaba curiosamente el lugar, algunos cuadros colgados en lo alto de la pared, sillones, una mesita y gente que aguardaba el inicio de la obra. Apenas unos minutos más de las 20:15 ingresé a la Sala Raúl Gonzáles Tuñón, me ubique en las butaca y pocos tiempo después empezó lo que en un primer momento creí que era la función.
La música de estilo ruso que recreaba la historia sonaba algo fuerte, que junto al juego de luces causaban  especulación y ansiedad en el espectador, mientras la puerta de la sala permanecía abierta iba entendiendo esta nueva y extraña forma alternativa de hacer teatro.
Por fin se ven, salieron a escena ya. Sin embargo, lo más curioso de todo esto es que cuando los actores ya se estaban frente al público, fueron ellos mismos quienes comenzaron a armar la escenografía, la cual no era más que una gran alfombra, un sillón en el medio y dos valijas, una con ropa y otra con cartas, muchas cartas. Una vez puestas las cosas en su lugar, la puerta de la sala se cerró definitivamente y comenzó la función.

Mijaíl Bulgákov, la principal figura de la obra,  es un reconocido escritor que nació en Kiev en 1891, los años 30’ en la URSS fueron los más favorables para su labor pero sus obras y su expresión artística fue censurada durante el régimen stanilista. El motivo de la censura era la sátira de las costumbres soviéticas y  la forma desinhibida de mostrar las imágenes benévolas de los contrarrevolucionarios. Pero todo lo que Bulgákov escribió para criticar y odiar al régimen soviético tuvo una connotación  totalmente opuesta e inesperada: Stalín se había convertido en el  máximo admirador de su literatura. Esta admiración quizá se deba a la particularidad de este personaje, su extravagante carisma, como consecuencia de una exorbitante propaganda de Satlin y su régimen en toda la Unión Soviética.
Con el correr del tiempo las obras de Bulgákov ya no eran lo mismo y el líder soviético comenzó a acusar al escritor de que no era revolucionario, motivo por el cual nunca encontraría su lugar en la sociedad y la no existencia se refleja en el silencio. 
El autor de la obra de teatro, Juan Mayorga, sólo pone en escena a tres personajes quienes contarían la historia: Mijail Bulgákov, su Señora Bulgákova, y Stalín. 
Bulgákov escribía cartas desesperadamente, una tras otra. Todas dirigidas a Stalin, quien se reconocía como gran admirador y lector de cada una de las obras del  silenciado escritor; el pedido de Bulgákov era claro y directo: que se le otorgue el permiso para abandonar el país junto a su esposa o bien, concederle un puesto de trabajo en algún teatro de la Unión Soviética. Un día Mijaíl Bulgákov recibe una supuesta llamada telefónica del supuesto camarada, en esa conversación iban concretar fecha y lugar de encuentro pero la llamada se corta.  A partir de esta escena se desata la locura que envuelve al escritor, quien es atormentado por la presencia del espíritu de Stalin en su casa. Esta escena es la que despierta la inquietud y especulación en toda la sala.
Cada uno de los espectadores iba sacando sus propias conclusiones respecto de la obra, mi impresión fue estar viviendo la historia en el mismo momento en que la contaban. Sentía impotencia por las cartas sin respuestas, me causaba compasión la paranoia del escritor,  sentía injusticia al ver como que una sola persona, dueña del poder,  puede  decir quién habla y quién no, quién tiene que callar y quién no. Con qué criterio se le puede negar a una persona escribir y vivir de su oficio. Mientras la obra pasaba yo recordaba lo que al comienzo de la función había dicho el enmudecido escritor: “Porque para Mijail Bulgákov la lucha contra la censura constituye el mayor deber de un artista. Un artista al que la libertad no es necesaria viene a ser como un pez al que el agua no es imprescindible.” Evidentemente, cada individuo se encuentra paralizado frente al poder estatal, omnipresente, el cual ejerce una violencia efectiva y simbólica frente a los temerosos excluidos sociales que sienten terror, angustia y desesperación.
Esta reflexión, acompañada de toda la obra, me hizo tomar conciencia de la gran lucha y dedicación constante que hay por parte de los artistas  para lograr un gran reconocimiento por parte del público pero también existe la incansable lucha de conseguir lo que más anhelan: la libre expresión. Sin embargo, el poder totalitario va de la mano con la prohibición, la persecución y la imposición de valores e ideales a un pueblo fuertemente manipulado por un solo líder. Razón por la cual, cualquier cosa que se escriba o se diga libremente en oposición a la ideología dominante se debía eliminar, ya que el régimen soviético no podía cohabitar con la libertad de expresión porque eso significaba un “peligro” para la sociedad, pensar, sentir y contradecir era riesgoso.
Es imposible enmudecer a alguien que quiere gritar a viva voz lo que realmente siente y piensa, es inevitable que el artista sienta con grandeza. Supongo que será  como un enamoramiento entre el artista y su obra y como en el enamoramiento uno no puede callar sus sentimientos, en el mundo artístico, tampoco.
Esa relación amor-arte la terminé de comprender cuando escuche la voz del actor que personificaba a Bulgákov, Enrique Papatino, quien confirmó, los actores estamos completamente locos. Cuando media el amor uno hace cosas locas. Los actores con el teatro tenemos una vinculación carnal y amorosa de tal relieve que llegamos a hacer cosas como poner plata.” Es evidente que el artista se enamora de su obra de arte, que el actor se enamora de su personaje y que pese a todos los obstáculos ese amor sale a luz.
La declaración del actor fue después de la función, 
recordando la obra y relacionándola con sus declaraciones me di cuenta que Enrique Papatino estaba completamente enamorado de Mijaíl Bulgákov porque la interpretación del personaje fue admirable y en su paranoia, por la presencia del espíritu de Stalin, demostró como un escritor puede llegar a enloquecer cuando su declaración de amor, la obra, no es escuchada, cuando su amor  no es correspondido como consecuencia de argumentos pocos válidos, o mejor dicho es censurado pero sin argumentos. Bulgákov una y otra vez repetía:       Le pido que considere que, para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo.”
El artista tiene la necesidad de ser amado y escuchado pero en “Cartas de amor a Stalin” nadie amó ni escuchó a Bulgákov, por eso sus días transcurrieron monótonos y oscuros. Las cartas seguían sin respuestas; aunque la pasión que tenía el escritor por su tarea hacía que mantenga viva su esperanza de recibir una respuesta, aunque lo único que Bulgákov plasmaba en un papel con su pluma era la desesperación y la pérdida de cordura por su repentino silencio y la impotencia de no saber el motivo. Pero sobre toda las cosas Bulgákov demostró que la locura y el amor muchas veces esperan respuesta y lo peor de todo es que no se sabe si la tendrá.

Comentarios