En 1962 el peronismo está proscripto en la Argentina. Un pibe con una carabina al hombro acompaña a su padre campesino por las estancias para sublevar a la peonada: hay que impedir que voten como el patrón quiere. En la colimba, ese pibe será maestro en un cuartel en Junín de los Andes, donde trabará amistad con Diego Frondizi, militante de las Fuerzas Armadas Peronistas. Más tarde, en la universidad, se acercará al Peronismo de Base. Orlando Balbo, "Nano", discípulo de Paulo Freire, fue secuestrado el 24 de marzo del 76. Logró sobrevivir a la cárcel de Rawson pero quedó sordo por efecto de la tortura. Se exilió en Roma gracias a monseñor Jaime de Nevares, fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, quien, a su vuelta al país en 1985, le sugirió partir hacia Huncal, un paraje hostil perdido en la precordillera patagónica. Allí se dedicaría a la alfabetización de una comunidad mapuche, una experiencia educativa antológica, en la más cruda desolación.
El Nano y Saccomanno se conocieron en el 69 cuando hacían la colimba en aquel cuartel del sur. En los años setenta, el escritor había dado por desaparecido al maestro. Hace algunos años volvieron a encontrarse. "Yo cuento", le dijo el Nano, "vos escribís." El resultado es esta obra conmovedora, en la que confluyen la fuerza del educador que enfrenta la adversidad y el reclamo por un mundo más justo. En la apasionante historia del Nano Balbo se funden lo individual y lo social, para referir una voluntad transformadora. Un maestro es una crónica íntima y colectiva de una generación, el relato arrebatador sobre un hombre que ha sido consecuente con sus ideales, que se impuso a su dolor personal y no ha perdido la esperanza de cambiar el mundo.
Aquí un breve relato:
"Maestro, la gente se acuerda que es fundamental aprender números romanos", insistía. A mi costaba comprender por qué esta necesidad pero sospechaba que era algo importante para ellos. De lo contrario, no habrían insistido. Me dispuse a enseñarles. "Maestro, va a venir gente que no viene a la escuela", me aviso un chico. "No hay problema", dije. "Voy a dar la clase en la capilla". "El domingo", me dijo. "El domingo", acepté. "El domingo a las cuatro", repitió. "El domingo a las cuatro", repetí. Y el domingo fui al galpón de la cooperativa. Estaba llena. Gente que ni conocía. La mitad de la comunidad era cristiana y la mitad evangélica. Pensé que habría alguna celebración, pero no, venían a aprender los números romanos. Al empezar a enseñarles los números romanos, sacaron cuadernos y libretas. Hice una breve introducción de los números, su historia, el porqué de la base diez y comencé a escribirlos colocando al lado el arábigo. Cuando llegue al quince, hubo un murmullo en el salón. Me di vuelta y tenía a la mitad de los alumnos.
En el dieciséis, se siguieron yendo. Ni llegué al veinte. El viejo Waico se paró y me dio las gracias. La gente estaba muy conforme y me agradecía la lección. "Usted, es una buena persona", me dijo. Yo seguía sin comprender el ni el interés en los números romanos ni por qué se habían retirado en la mitad de la lección. Lo supe unos días después. Un par de años atrás había pasado un mercachifle por la comunidad. les había vendido unos relojes rusos de bolsillo con números romanos. Y ellos no podían leer la hora.
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